13 grandes problemas en la crianza y en la educación

Nº 3 Revista Problemas de conducta

Autor: Alberto Sánchez García

En este largo artículo vamos a tratar algunos de los grandes problemas de la crianza y de la educación que han sido extraídos con la ayuda de las ideas de Bo Hejlskov. Si bien había pensado en dividirlo en tres partes, al final he pensado que de esta forma se facilita su lectura. Vamos a tratar problemas que son fundamentales a la hora de explicar y de manejar los problemas de conducta. De esta manera, aunque no profundicemos en cada uno de los puntos, sí nos ayudará a hacernos una idea general de la propuesta de Bo Hejlskov y del método de contacto de baja afectividad. Entraremos en más detalles más adelante en otros artículos.

Sin más dilataciones pasemos a enumerar todos estos problemas o dificultades en la crianza y en la educación que he reunido y que nos ayudará a entender los problemas de conducta:

  1. Intentar ganar a los niñ@s o adolescentes.
  2. Intentar pensar qué hacer cuando se produce un conflicto en lugar de pensar qué hacer para que el conflicto no se produzca de nuevo.
  3. Colocar la responsabilidad en el niño.
  4. Contagiar con nuestros sentimientos a los niños que muestran problemas de conducta.
  5. Tener expectativas muy altas en las capacidades.
  6. Pensar que los niños aprenden de fracasos.
  7. Castigar.
  8. Utilizar soluciones que suponen un problema.
  9. Intentar enseñar a los niños a obedecernos en vez de enseñarles a tomar buenas decisiones.
  10. Subrayar lo que hicieron mal en vez de fijarnos en lo que hicieron bien.
  11. No entender las acciones comprensibles de los niños como lo que son, acciones comprensibles.
  12. Pedir y reclamar atención y concentración cuando los niveles de adrenalina son demasiado altos.
  13. Colocar demasiadas exigencias al mismo tiempo.

1. Intentar ganar a los niñ@s o adolescentes.

Quién no ha acabado en un conflicto con sus hijos, u otros jóvenes, intentando ganar cuando se ha originado un conflicto. Pensamos que si ganamos nuestro hijo, o un alumno, aprenderá quién es el jefe, quién domina, quién tiene el poder, quién es más fuerte, donde están los límites, cuales son las consecuencias, etc. Pero el caso es que cuando respondemos de esta manera nos colocamos en una posición de iguales, deteriorándose nuestra posición de mentores y de cuidadores, al igual que se deteriora la confianza en nosotros y nuestro capital parental. Un capital parental vinculado fuertemente a nuestra alianza y vínculo con nuestros hijos o alumnos. A Teresa, que mencionamos en el primer artículo, le pasó también esto, quería ganar y no quería permitir que el alumno se saliera con la suya. Pero el caso es que en estas situaciones cuando alguien gana todos pierden. En caso de conflictos con los niños nuestro propósito no debería de ser ganar, sino encontrar soluciones a un conflicto y colaborar, y como adultos nosotros tenemos la gran responsabilidad; más si cabe en caso de niños o adolescentes con dificultades neuropsiquiátricas o de otra índole; más si cabe si queremos influir en la situación.

A menudo los jóvenes utilizan estrategias que no deberían de ser un problema para nosotros, como que nos insulten, pero convertimos esas conductas y estrategias en un problema a través de corregirlas de forma desproporcionada, creando muchas veces otro nuevo conflicto y problema. Fomentar de esta manera una escalada en la intensidad afectiva no solo es inútil sino también perjudicial e incluso peligroso en muchos casos. Y el joven no va a aprender NADA, si nuestro objetivo era que aprendiera algo.

2. Intentar pensar qué hacer cuando se produce un conflicto en lugar de pensar qué hacer para que el conflicto no se produzca de nuevo.

Uno de los grandes problemas que se tienen en la crianza y en la educación es el trabajo preventivo. Nos empeñamos y esforzamos tanto en pensar cómo vamos a manejar determinadas situaciones conflictivas que nos olvidamos de lo más importante, trabajar para que esas situaciones no se produzcan de nuevo, o lo que es lo mismo, nos olvidamos de crear condiciones para que la conducta problemática no se produzca.

Contra más problemas tiene la escuela, o un alumno, más se suele trabajar apagando fuegos e intentando manejar las situaciones problemáticas o conflictivas que se producen en el día a día. Es como intentar apagar un gran incendio en un lugar mientras que la persona que causa el fuego sigue encendiendo focos por otros lugares. Se puede decir que se tiene una tendencia a trabajar mucho con factores situacionales puntuales y nos olvidamos de factores que están ahí todos los días pero que no atendemos porque los situacionales reciben toda nuestra atención.

3. Colocar la responsabilidad en el niño.

Amy Winehose es una de mis grandes artistas favoritas. Hace poco vi el documental sobre su vida, Amy, y me conmocionó ver cómo acabó hasta una muerte casi anunciada. Una de las cosas que más me sorprendió, y que viene al caso, es que el padre, cuando Amy está muy mal debido al consumo de drogas y de otras conductas nocivas para su salud, comenta que solo Amy puede cambiar la situación, que ella tiene la responsabilidad de su propia curación. Si colocamos la responsabilidad del cambio en una persona o un niño con graves dificultades nosotros no tenemos ningún tipo de opción para influir en la situación, dado que nos liberamos de la responsabilidad al colocarla en la persona que muestra problemas de conducta. Sólo a través de colocar la responsabilidad en nosotros mismos podemos influir, lo cual es muy positivo, si queremos producir cambios. Si decimos a un niño con grandes problemas que la responsabilidad del cambio está en él o ella, que no puede hacer así o asá, que en su casa deberían de... (porque podemos colocar esa responsabilidad de muchas maneras), rehuimos de nuestra responsabilidad y de nuestra capacidad para influir en la situación. Asumir una responsabilidad no significa asumir toda la responsabilidad, simplemente la que nos toca desde nuestro rol y situación. Este es uno de los principios más importantes de Bo Hejlskov:

En la escuela nos centramos a menudo en la enseñanza y los problemas de conducta son algo que molestan durante las lecciones; estos nos impiden llevar a cabo nuestro trabajo y pensamos que quizás alguna otra persona debería de ocuparse de estos problemas (Bo Hejlskov, 2014).

4. Contagiar con nuestros sentimientos a los niños que muestran problemas de conducta.

En situaciones de conflicto y de violencia los afectos se intensifican, sin darnos cuenta, como en el caso de Teresa, intentamos sujetar, inmovilizar, nos exaltamos, intentamos también utilizar métodos coercitivos, nos contagiamos de los sentimientos de exasperación e incluso llegamos a utilizar la violencia, lo cual desgraciadamente crea más intensidad afectiva, se debilitan o pierden las capacidades de autoregulación y se fortalece la tensión muscular y las conductas desafiantes. Quizás una de las estrategias más efectivas del método del contacto de baja afectividad sea tranquilizarnos y dar dos pasos hacia atrás cuando se siente que se quiere dar dos pasos al frente en caso de escalada de afectos y de violencia.

5. Tener expectativas muy altas en las capacidades: "No coloques exigencias a las que la persona no puede estar a la altura"

Muchos conflictos se producen en situaciones donde colocamos exigencias. El problema surge cuando ponemos expectativas muy altas en las capacidades de los niños o adolescentes, lo cual provoca que no puedan estar a la altura de lo que les exigimos. Esto solo produce frustración y desesperación. Cuando colocamos expectativas demasiado altas y la persona no puede estar a la altura a menudo pensamos que el joven está desmotivado, es perezoso, testarudo o que necesita mayor disciplina. Parte de la causa de este problema es que desconocemos las verdaderas capacidades del joven: ¿entiende causa y consecuencia? ¿Puede regularse? ¿Entiende por qué tiene que hacer lo que le pedimos? ¿Está estresado, deprimido o muestra algún síntoma que indique que tiene sus capacidades, por ejemplo las ejecutivas, afectadas? ¿Siente confianza hacia nosotros o hacia su entorno? ¿Está tan estresado y exaltado que no puede regular su conducta?

Como describo en mi artículo titulado "El panfleto pedagógico", muchos profesores y padres piensan que a los niños no hay que exigirles por debajo de sus posibilidades porque de esta manera los vamos a limitar. Yo y muchos otros psicólogos y expertos pensamos que las exigencias tienen que estar a la altura de las posibilidades del niño o adolescente, aunque muchas veces desafiemos a nuestros hijos y alumnos con tareas más difíciles. No obstante, colocar exigencias a las que los niños no pueden estar a la altura puede causar mucha frustración, más si cabe en caso de niños con dificultades y aquellos que más se benefician de los éxitos. Como comentamos en el siguiente punto, los niños aprenden fundamentalmente de los éxitos, y cuando se acostumbran a este, empiezan a gestionar mejor los fracasos y aprenderán de estos. Si se acostumbran a que les causemos fracasos, su expectativa de éxito disminuirá.

6. Pensar que los niños aprenden de fracasos.

Estudios recientes demuestran que los niños, aproximadamente hasta los 11 años, aprenden de los éxitos, y desde los 15 años en delante de los fracasos (van Duijvenvoorde y cols. 2008). Entre los 11 y 15 años se produce un cambio que puede variar entre persona y persona. Estas edades pueden variar mucho y se puede retrasar en el caso de niños o adolescentes con dificultades neuropsiquiátricas o del desarrollo, es decir, que los niños y adolescentes que muestran conductas problemáticas puede que solo aprendan de los éxitos durante mucho más tiempo. ¿Qué implica esto? Que castigar, regañar y corregir a niños con dificultades, incluso a niños normales que estén en esa fase donde aprenden de los éxitos, es ineficaz e incluso contraproducente. Que a los niños habría que elogiarlos y felicitarlos cuando hacen algo bien. Empieza, por ejemplo, por señalar en los exámenes y evaluaciones lo que los niños han hecho bien con una gran B, y olvídate de las correcciones en color rojo. Los niños están acostumbrados a fracasar, fracasan constantemente cuando aprenden a caminar, a hablar, a escribir, a pintar, a correr... a pesar de su torpeza y esfuerzos que a veces pueden durar varios años, insisten y no desesperan. Para ellos no es nada extraño fracasar y por eso que no se asombren mucho de esos fracasos. Si les recordamos, subrayamos y enfatizamos lo que hacen mal influimos negativamente en su autoestima y motivación. No obstante ante el éxito, se sorprenden y aprenden. Con los adultos pasa lo contrario, en nuestro trabajo y día cotidiano estamos acostumbrados a realizar nuestras tareas de forma diestra, sabemos hacer nuestro trabajo, que puede ser arreglar un coche, realizar una operación a corazón abierto o dar una lección, pero cuando fallamos entonces se produce la sorpresa: ¿qué ha ido mal? Así aprendemos. 

Para terminar con este punto una reflexión: cuando en una situación de exigencia en la cual el niño o adolescente haya cometido errores y digamos "Así aprenderá", debemos de preguntarnos si de verdad es así.

7. Castigar.

Está más que demostrado y existen multitud de estudios que avalan que los castigos son muy ineficaces. Existen multitud de estudios que señalan la ineficacia de los castigos y la mayoría de los psicólogos estamos de acuerdo en esto, más si cabe en caso de niños con dificultades o necesidades especiales que tienen dificultades para comprender causa y efecto y contextos o situaciones complejas. Al igual que ocurre con los límites, es mucho más eficaz trabajar con una buena estructura cotidiana, que contengan normas y reglas comprensibles, que infringir castigos y broncas a los niños.

Como destaca Bo Hejlskov (2015), de los castigos sabemos mucho, entre otras cosas que:

  • Generalmente son percibidos como injustos por los niños. ¿Y quién escucha a una persona injusta?
  • Los castigos aumentan justamente aquellas conductas que queremos castigar.
  • Los castigos pueden legitimar el que se siga cometiéndose errores. Si pago mi penitencia puedo seguir con la conducta. Como ocurre con muchos tipos de multas, si pagamos legitimamos nuestra acción y no nos sentimos culpables. En muchos casos el castigo es una multa que podemos pagar y que nos estimula a seguir cometiendo infracciones. 
  • Tenemos una tendencia a castigar que produce un fortalecimiento de nuestros circuitos de recompensa.
  • Disminuye la motivación y el entusiasmo.

8. Utilizar soluciones que suponen un problema para el niño o adolescente.

Puede sonar irónico pero a menudo, cuando acabamos en una situación conflictiva con un niño o adolescente con conductas problema, nuestra solución se convierte en otro problema para el niño. Por ejemplo, ¿cuántas veces hemos exigido a un niño o adolescente que nos mire a los ojos cuando estamos echando una bronca e intentamos que nos escuche? Generalmente el retirar la mirada cuando estamos nerviosos, atemorizados o avergonzados es una buena estrategia para manejar, gestionar y salir airoso de una situación difícil. Además, mirar más de 30 segundos a una persona fijamente a la cara nos incita a la agresividad, o a tener sexo.

9. Intentar enseñar a los niños a obedecernos en vez de enseñarles a tomar buenas decisiones.

Para muchos padres, o profesores, es muy importante que los niños siempre obedezcan, aunque si les preguntáramos si quieren que sus hijos sean personas adultas sumisas o independientes, desearían de buen grado que sus hijos llegaran a ser independientes o autónomos. Es importante entender que los niños, como los adultos, tienen el derecho de decir NO a muchas peticiones o exigencias. Los niños por regla general entregan con mucho gusto parte de su autonomía y libertad a cambio de seguridad y de cuidados. No obstante el decir no para ellos puede ser una estrategia para manejar una situación difícil. Además, para los niños con problemas neuropsiquiátricos u otras deficiencias funcionales puede ser muy difícil decir sí, principalmente para evitar enfrentarse a una situación que puede ser incomprensible, imprevisible o simplemente muy difícil.

10. Subrayar lo que hicieron mal en vez de fijarnos en lo que hicieron bien.

En muchas supervisiones en la escuela es habitual escuchar que la escuela llama a casa de los padres para contar lo que sus hijos han hecho mal y lo disgustados que están. Generalmente estas llamadas se producen en caso de jóvenes que manifiestas problemas de conducta. Como decíamos en relación a la responsabilidad, se culpa a los padres, incluso a los responsables de suministrar recursos a la escuela, de los problemas de los niños. Esto degenera en una espiral negativa de acusaciones y al final el gran perjudicado es el niño, dado que la escuela no toma su propia responsabilidad y no hace nada efectivo para mejorar las condiciones entorno al alumno en la escuela. Una estrategia muy sencilla que a menudo intento introducir trata sobre ponerse en contacto con los padres periódicamente para comunicarles lo que ha funcionado bien en la escuela. La situación cambia de llamar constantemente a los padres para comunicarles lo que el alumno ha hecho mal, lo cual hace que los padres se enfaden con sus hijos debilitando al mismo tiempo la relación entre el alumno y la escuela; a por el contrario llamar a los padres para decirles lo bien que ha funcionado ese día, lo cual ellos también comunican a sus hijos contribuyendo a fortalecer el vínculo y la confianza entre el alumno, los padres y la escuela.

11. No entender las acciones comprensibles de los niños como lo que son, acciones comprensibles.

Bo Hejlskov señala en sus libros algunos buenos ejemplos para explicar las acciones comprensibles. Habla de una escuela donde estuvo trabajando y donde habían tenido problemas en los pasillos durante 30 años. Había peleas, alborotos, los niños corrían, los profesores se quemaban, etc. Bo les comentó que era comprensible que los niños corrieran en ese tipo de pasillos anchos y largos, con lo cual la solución estaba, no en establecer más reglas y normas que no funcionaban, sino en cambiar la estructura del pasillo dividiéndolo en salas e impidiendo esa incitación a las carreras y a las broncas. Otro típico ejemplo sería el del niño pequeño que se pone a saltar en un charco de agua cuando pasa junto a él, independientemente de si lleva botas de agua. Es importante entender que muchas veces, aunque no lo comprendamos, los niños hacen lo más comprensible en cada situación, con lo que muchas veces si queremos cambiar ciertos problemas de conductas podemos intervenir en factores medioambientales que inviten a realizar la conducta que esperamos.

12. Pedir y reclamar atención y concentración cuando los niveles de adrenalina son demasiado altos.

En situaciones de estrés, de alta intensidad afectiva y/o de conflicto, los niños o adolescentes pierden habilidades que posiblemente y bajo otras circunstancias tendrían. Por ejemplo las habilidades para tranquilizarse y la concentración. Bo Hejlskov utiliza un ejemplo elegante sobre una situación en la que todos quizás nos hayamos encontrado y con la que nos podemos identificar. Cuando vamos con el tiempo pegado al culo y queremos llegar a un sitio que no conocemos con el coche, solemos bajar o quitar la radio porque nos molesta, incluso nos podemos irritar mucho si tenemos niños en los asientos de atrás del coche gritando, más si cabe si andamos buscando un sitio para aparcar donde no hay pocos sitios para aparcar y además hay mucho tráfico. En estas situaciones de estrés nuestra capacidad de concentración se reduce y necesitamos calma y tranquilidad a nuestro alrededor. Muchos adultos explotaríamos si al mismo tiempo que buscamos un sitio para aparcar, nos sentimos estresados y nuestro hijo nos pregunta algo gritando desde los asientos de atrás. 

Cuando se desencadena un conflicto muchos niños y adolescentes tienen enormes dificultades para regular su conducta y pierden el autocontrol. Si en esas situaciones de estrés, con altos niveles de adrenalina, exigimos al niño o adolescente que nos escuche, que nos mire cuando le hablamos, puede ocurrir que el niño o adolescente pierda el autocontrol y habilidades que generalmente suele mostrar (como las de concentración, autoregulación, ejecución, reflexivas, comunicativas, planificación, comprensión ...). Cuando se alcanzan niveles afectivos muy altos es muy difícil escuchar, entender y reaccionar. Aún más difícil para los niños y adolescentes que muestran dificultades neuropsiquiátricas. Tampoco es necesario llegar hasta esos niveles de estrés para perder o para que se deterioren diferentes habilidades. En estos casos lo mejor es dar dos pasos hacia atrás y permitir que se tranquilicen, si no está en peligro la integridad física del propio niño o la de otros que se hayen en las proximidades. En ese caso la alternativa más sabia sería sacar de la situación a los otros niños en vez de al niño que ha perdido el control. 

Por otro lado existe la cuestión moral, ¿es necesaria la utilización de métodos coercitivos, autoritarios y de dominación para enseñar a que un niño se comporte? 

13. Colocar demasiadas exigencias al mismo tiempo.

Cada niño puede gestionar un número de exigencias al mismo tiempo. En los niños que tienen dificultades con la ejecución, planificación, concentración y memoria, puede ser muy difícil organizar la realización de tareas cuando estas se colocan al mismo tiempo. Muchas veces nos evitaríamos muchos problemas y conseguiríamos que los niños tuvieran éxito con sus tareas simplemente colocando las exigencias una a una, cuando el niño realice la primera se coloca la siguiente. Puede ser especialmente efectivo al respecto la utilización de check-listas o una planificación adaptada al niño. En caso de niños con dificultades con el lenguaje puede ser útil utilizar apoyo visual en forma de iconos o símbolos. 


Como veremos constantemente, el contacto de baja afectividad trata sobre: 

  1. Colocar exigencias a la altura de lo que puede realizar el niño, por lo tanto, tenemos que estar muy atentos de hasta dónde llega el niño. Un error muy habitual es pensar que el niño o adolescente puede más de lo que puede en la realidad. 
  2. Crear condiciones para que el niño o adolescente tenga el control sobre sí mismo y la conducta problema no se produzca de nuevo. No se trata de forzar al niño a tranquilizarse. 
  3. Intervenir de forma sosegada adaptando nuestras intervenciones a la situación. Como veremos más adelante, en este sentido es muy útil el modelo del estallido emocional, el cual ofrece claves importantes para la intervención en las diferentes fases de escalada del conflicto.